¿ Murió Ebby T. sobrio ?







Un amigo lector de este Blog  realizó un comentario ( verlo )preguntando si Ebyy T. murió sobrio;  cuando tenga más tiempo, o algun otro blogero se anime, traduciré algo más de la vida de Ebby, pero como creo que su pregunta es de interes, investigué y encontré la respuesta en  http://www.barefootsworld.net/aaebbyt.html

Parece ser que sí, que Ebby T. murió sobrio puesto que en esta máginica página sobre la historia de AA podemos leer :" Finalmente Ebby se fue a Balliston Sp, a la granja de Margaret y Mikie, , Nueva York, en mayo de 1.964 y fue bajo su amoroso cuidado   que vivió los dos ultimos años de su vida y murió sobrio el 21 de marzo de 1.966 "

Más sobre la hermana Ignacia









Más de 40 años después de su muerte, se volverá rendir honor a la Hna. Ignacia por los magníficos servicios que prestó a los alcohólicos de dos hospitales de Ohio. El 2 de abril de 2006, se puso el nombre secundario de la Vía de la Hermana Ignacia a una parte de la calle East 22nd cerca del hospital de la Caridad de San Vicente de Cleveland. Y los días 9, 10 y 11 de junio, el fin de semana del Día de los Fundadores en Akron, se abrió para la visita de centenares de A.A. visitantes el nuevo Centro de la Herencia de la Hermana Ignacia en la Capilla del Hospital Summa Santo Tomás.
La pequeñita monja vive en los cariñosos recuerdos de los miles de alcohólicos a quienes ella ayudó en el Hospital Santo Tomás entre 1939 y 1952 y en el Salón del Rosario del Hospital San Vicente desde 1952 hasta poco tiempo antes de su fallecimiento en 1966. Ignacia, prácticamente una leyenda entre los A.A., trabajó con el Dr. Bob, cofundador de A.A. para establecer en el Hospital Santo Tomás de Akron el primer centro de tratamiento para alcohólicos en una instalación religiosa. Y luego estableció el Salón del Rosario en el Hospital de la Caridad de San Vicente. Según un cálculo estimado, durante 27 años tuvo bajo su cuidado a más de 15,000 alcohólicos. El ejemplo de la Hna. Ignacia y del Dr. Bob sin duda preparó el terreno para la aceptación generalizada del alcoholismo como legítima diagnosis para tratamiento en los hospitales. La Hna. Ignacia, que se solía caracterizar como una monja “delicada”, no parece que era la
candidata con mayores probabilidades para este papel exigente. Pero hoy día es posible ver que la Providencia la preparó para esta espléndida misión de curación y guió los eventos que contribuyeron a que tuviera éxito.
Nació el 2 de enero de 1889 en Shanvilly, Condado Mayo, Irlanda, y la bautizaron con el nombre de Della Mary Gavin. La familia emigró a Cleveland cuando ella tenía siete años, y de niña era precoz y cariñosa que daba indicios de talento musical poco común, como pianista y como cantante y más tarde, daba clases en el hogar de sus padres. También se vio poseída por un gran deseo de hacerse religiosa. En 1914, se unió a las Hermanas de la Caridad de San Agustín, y en esa comunidad continuó su educación musical y sus enseñanzas.
Con estos antecedentes podría haber pasado los años como músico respetada en su diócesis, serenamente obediente y buscada para los más deseados trabajos. Sin duda fue aceptada y amada por los demás miembros de su comunidad y sus estudiantes. Pero se vio involucrada en un conflicto que ella no había creado. Sus interpretaciones del canto gregoriano fueron criticadas por el obispo de su diócesis y ella empezó a sufrir grandemente por las duras crítica. En 1933 sufrió un grave colapso físico y mental que casi la mató. Su médico le dijo que no podía seguir trabajando como maestra de música con tanta presión y le aconsejó que lo tomara con calma. Bill W., en un ensayo compuesto después del fallecimiento en 1966 de la Hna. Ignacia dijo que “con gran alegría, María Ignacia aceptó un puesto más tranquilo y menos distinguido. Se encargó de las admisiones en el Hospital Santo Tomás de Akron, Ohio—una institución administrada por su
orden. En esos días, no se sabía si incluso esa tarea resultaría ser demasiado para ella. Nadie habría creído que iba a llegar a los setenta y siete años; solo Dios sabía que estaba destinada a atender en años posteriores a 15,000 alcohólicos y a sus familias.”
Fue su encuentro con el Dr. Bob lo que transformó la misión de su vida. A principios de 1939, él llegó a su despacho de la recepción del Hospital Santo Tomás para pedir que se admitiera a un alcohólico llamado Walter B. Dándoles diagnósticos diferentes del alcoholismo, Bob se las había arreglado para que otros alcohólicos fueran admitidos en diversos hospitales de la ciudad, entre ellos el Hospital Municipal donde hizo su residencia y todavía trabajaba. Pero casi se había agotado la paciencia de los administradores de esas instituciones y Bill creía que Santo Tomás, por ser una institución religiosa, podría ser más caritativo y receptivo. Y así lo fue; pero la Hermana Ignacia y el Dr. Bob tuvieron que esforzarse diligentemente para ganarse la confianza de su superior y de los administradores del hospital. Según Bill, lograron admitir “de contrabando” a un tembloroso borracho con el diagnóstico de “indigestión grave”. Pero
este hombre estaba tan borracho que tuvieron que encontrarle una habitación privada, así que lo instalaron en la floristería del hospital. (Un relato humorístico dice que el hombre al despertarse rodeado por tantas flores se creyó que estaba muerto en una funeraria.) Dándose cuenta de que no estaban observando los reglamentos al pie de la letra, la Hermana Ignacia y el Dr. Bob fueron a explicar el caso a la Superiora del hospital, la Hermana Clementina. “Para inmenso regocijo de nuestros amigos, ella se mostró de acuerdo, y poco tiempo después, expuso atrevidamente el nuevo proyecto ante el consejo administrativo de Santo Tomás,” escribe Bill. “…y tan fuerte era su apoyo que, sin pasar mucho tiempo, invitaron al Dr. Bob a integrarse en el cuadro médico de Santo Tomás, un ilustre ejemplo del espíritu ecuménico. 
“Pronto tuvieron un pabellón reservado para la rehabilitación de los alcohólicos—naturalmente, bajo la supervisión directa de la Hna. Ignacia. El Dr. Bob apadrinaba a los nuevos casos y les facilitaba atenciones médicas, sin cobrar nunca nada a nadie.” Ignacia y Bob también hacían uso del recién publicado libro Alcohólicos Anónimos, para exponer el enfoque de A.A. y siempre bienvenidos los A.A. visitantes. Ignacia, aunque seguía en su puesto como directora de admisiones del hospital, pasabatanto tiempo como le era posible en el pabellón.
El cuidado compasivo (del alcohólico) era, al parecer deBill, el principal ingrediente de la Gracia singular de la HermanaIgnacia. Dijo que “con esa especie de magnetismo, atraía haciaella a incluso los más duros y obstinados. Pero no siempreaguantaba las tonterías. Cuando era necesario, sabía dar pruebas de su autoridad. Luego, para amortiguar el golpe, se valía de su maravilloso sentido del humor. En una ocasión, al oír a un borracho recalcitrante decir con tono arrogante que nunca volvería a poner los pies en un hospital, la Hna. Ignacia le respondió, ‘Bueno, esperemos que no. Pero en caso de que vuelvas, recuerda que ya tenemos pijamas de tu talla. Lo tendremos listoy esperándote’.”
La Hermana Ignacia creía firmemente en el enfoque de A.A. y hacía lo necesario para procurar que a toda persona admitida al pabellón se le diera la información y el ánimo necesarios para vivir una vida sin alcohol. Tenía entrevistas con todos los pacientes que estaban a punto de salir y les advertía de los peligros del orgullo, la autolástima, los resentimientos, la intolerancia y la crítica. Daba a todos los hombres un libro de inspiración y una pequeña medalla religiosa conocida como la del Sagrado Corazón; el aceptar la medalla era símbolo de un acuerdo entre los dos; el paciente acordaba en venir al hospital y devolverla personalmente a la Hermana Ignacia (antes de tomar otro trago) si algún día le parecía que no le gustaba la abstinencia.
El Dr. Bob y la Hermana Ignacia trabajaron juntos más de diez años en el Hospital Santo Tomás, hasta la enfermedad y el fallecimiento del Dr. Bob en 1950. La Orden de Ignacia la trasladó en 1952 al Hospital de la Caridad San Vicente de Cleveland donde ella estableció un pabellón para el tratamiento de alcohólicos parecido al del Hospital Santo Tomás. Además se las arregló para poner al pabellón el nombre de Rosary Hill Solarium (Solario del Monte del Rosario) — con las iniciales, RHS, del Dr. Bob.
Para principios de los años cincuenta el duro trabajo estaba afectando gravemente a su salud, se volvió cada vez más frágil y se vio varias veces a las puertas de la muerte. Durante esos episodios Bill W. fue a visitarla en Cleveland. De las visitas dice: “se me permitió sentarme al lado de su cama. En estas ocasiones, pude verla en sus mejores momentos. Su fe perfecta y su completa aceptación de la voluntad de Dios siempre estaban implícitas en todo lo que decía… El temor y la incertidumbre parecía serle totalmente ajenos.”
En su último año, la Hermana Ignacia vivió en Monte Agustín, la casa principal de su Orden, en Richfield, Ohio. Poco después de la nueve de la mañana de 1 de abril de 1966, su espíritu serenamente partió de este mundo.
En la misa de réquiem celebrada en la Catedral de Cleveland no había espacio suficiente para los feligreses. “No era la hora de lamentarse,” escribió Bill, “sino de dar gracias a Dios por su inmensa bondad para con todos nosotros.” Al igual que los funerales de muchos A.A., fue una celebración de su vida y de sus obras compasivas para el bien de miles de alcohólicos.

El anonimato de los cofundadores .-Trustees' Committee on Public Information






 
Historia y acciones del

Comite de custodios de Información Publica





2001
 
El  comite recomendó que la siguiente politica sea usada como guia en nuestra información Publica en las actividades que tengan que ver con el anonimato de nuestros cofundadores Bill W. y el Dr.bob.

G.S.O. Public Information Policy on the Co-Founders’ Posthumous Anonymity


La Información Pública de la OSG deberia mantener el anonimato de todos los miembros, vivos o muertos, incluyendo los cofundadores, hasta el maximo posible.
La oficina de información publica de la OSG existe en su relación con el publico en general como una fuente de información del programa de recuperación y la comunidad de alcoholicos anonimos, no como una fuente de información individual de los miembros de alcoholicos anonimos, vivos o muertos.
Dado que en la literatura de AA existe información que rompe el anonimato de nuestros cofundadores, la cual esta disponible para el publico en general, las cuestiones  pueden ser dirigidas  a esa información . La oficiina de IP también puede facilitar copias de esa información  a los medios. Caulquier otra información no debería ser facilitada, esto por respetar nuestra policita de anonimato, y este honor también se aplica a nuestros co fundadores como miembros de alcoholicos anonimos ellos mismos.

    

Ninguna otra información debiera ser provista de miembros de AA, pasados o presentes, bajo ninguna circunstancia.

Nota: . la OSG aprobó esta declaración el 30 de julio de 2.001 en una reunión 

La Expansión de Alcohólicos Anónimos







Alcohólicos Anónimos comenzó a expandirse hacia otros países en los años 40, no como el resultado de una decisión de ejecutivos sin rostro en una oficina general, sino gracias a un alcohólico preocupado e inquieto, sobrio en A.A., tendiendo su mano en ayuda de los alcohólicos del mundo que aún están sufriendo. En esa década, el mensaje era llevado por los miembros de A.A. en los servicios militares durante la Segunda Guerra Mundial, y después por hombres de mar o »internacionalistas«, como se los dio en llamar, y por miembros empleados de ultramar —los primitivos »solitarios«—.
Fue llevado por los medios, especialmente por un artículo sobre A.A. que apareció en 1946 en el Reader´s Digest. Cuando fue impreso en ediciones extranjeras del Digest, provocó llamadas de ayuda a la Oficina de Servicios Generales en Nueva York desde lugares tan lejanos como Sudáfrica y Nueva Zelanda.
Esta expansión de A.A. en el mundo fue muy excitante para el personal de las Oficinas Generales y una profunda gratificación para el cofundador Bill W. En mayo de 1950, Bill y Lois fueron a Europa con el expreso propósito de visitar A.A. en Noruega, Suecia, Dinamarca, Holanda, Francia, Inglaterra e Irlanda. Por el año 1955, Bill pudo declarar en la Convención de San Luis que »A.A. había establecido cabezas de playa en setenta territorios extranjeros«. En los años subsiguientes, esas »cabezas de playa« se transformaron en grupos; los grupos establecieron sus propias oficinas de servicio, sus propias operaciones para la publicación de la literatura de A.A. y eligieron sus propias juntas de servicios.
La Constitución de la Conferencia de Servicio General, redactada a fines de 1940 por Bill W. y Bernard Smith —custodio clase A, Presidente de la Junta de Servicios Generales—, y adoptada en 1955, proponía que la Conferencia de Estados Unidos y Canadá debería eventualmente tener »secciones« en países extranjeros. No obstante, cada país fue desarrollando su propia estructura autónoma de servicio. La mayoría, en mayor o menor grado, se remitió al modelo de EE.UU. y Canadá, pero todas ellas independientes.
Fue contra esta influencia que a mediado de 1960 Bill W. comenzó a pensar en una reunión mundial de servicios. A partir de sus observaciones personales durante su viaje a Europa en 1950, y de la subsiguiente correspondencia con los pioneros de A.A. en muchas otras tierras, Bill se dio cuenta de cómo las endebles estructuras de servicios estaban cediendo. Comprendió la necesidad que ellos tenían de contar con literatura de A.A. en su propio idioma; se dio cuenta de los obstáculos para su desarrollo, por la ignorancia de los profesionales en sus países; de los argumentos y controversias que surgieron dentro de sus filas y sus temores a todo tipo de calamidades. En este sentido, él vio fuertes paralelos —como escribió al Dr. Bob— »con nuestros propios inicios en Akron, Cleveland y Nueva York«. En octubre de 1967 estaba preparado para hacer la siguiente sugerencia a la Junta de Servicios Generales:
»Se sugiere que la O.S.G. realice una encuesta dirigida a todas las áreas del mundo de mayor población de A.A., preguntando si les gustaría, sobre bases tentativas y sólo con propósitos de exploración, asistir a una reunión de servicios mundiales, a realizarse en Nueva York en 1969.
»Quizá se necesitarían dos delegados de cada país o región participante. Cada país sería invitado a contribuir en una reunión de tesorería y, además, a pagar una parte —quizá los primeros $200.00 USD— de los gastos de cada delegado.
»Estos delegados —incluyendo dos delegados de nuestra propia Conferencia (EE.UU. y Canadá)— se sentarían con miembros de nuestra Junta de Custodios, además del personal y directores de nuestros servicios que sean necesarios.
»La reunión así formada mostraría en principio la evolución de nuestros servicios aquí y la parte que ellos han jugado en el desarrollo de Norteamérica. Retrospectivamente, esta evolución podrá verse como algo que fue absolutamente necesario para el funcionamiento de A.A. como un todo, particularmente en este país y en Canadá. La necesidad de conseguir un compromiso similar en otras partes será presentada como fundamental y esencial. En resumen, presentaremos esta visión de los servicios generales en ultramar como indispensable para el futuro funcionamiento mundial.
»Tomando en consideración las etapas de desarrollo en las cuales se encuentran las escasas estructuras de servicio existentes en el exterior podemos ofrecer, tentativamente, futuros pasos que cada uno deberá seguir como objetivos mundiales de larga duración.
»Usando estas sugerencias como base de nuestra discusión, deberemos entonces prever las dificultades que se puedan evitar en aquellos países que están luchando para consolidar un organismo de servicios generales. Incluso en esta primera reunión, podríamos llegar a un acuerdo sobre el orden de los mencionados pasos, que se podría comunicar a otras regiones sin representación en la reunión.
»En la próxima reunión de los custodios, quisiéramos que nos autoricen para que preguntemos a unos 15 países si querrían enviar delegados. Es decir, investigaríamos si tienen interés en una reunión de este tipo.
»Si, al celebrarse la reunión de los custodios en enero, se ha mostrado suficiente interés, prepararemos una comunicación más específica sobra esta cuestión —que se presentaría en la Conferencia de Servicios Generales de 1968 para sondear opiniones—. Si la Conferencia está a favor del proyecto, pediremos que se apruebe la asignación de los fondos necesarios.«
La Junta autorizó el proyecto y, el 15 de noviembre de 1967, se envió la carta siguiente a representantes en el Reino Unido, Australia, Nueva Zelanda, Francia, Bélgica, Alemania, Finlandia, América Central (Costa Rica, Honduras, Guatemala, El Salvador, Panamá, Nicaragua), Sudamérica, México, Noruega, Sudáfrica y Holanda:
»Queridos amigos:
»Les dirigimos esta carta a ustedes en la seguridad de que los miembros de su junta serán informados de su contenido. Gracias anticipadas por su ayuda en este asunto de suma importancia para A.A.
»En este memorándum, propongo que A.A. dé los primeros pasos hacia la formación de una conferencia de servicio mundial. Es posible que, en el futuro, la cantidad de miembros de A.A. en el extranjero exceda a la de los EE.UU. y Canadá.
»En el ›Manual del Tercer Legado‹ (ahora ›Manual de Servicios de A.A.‹) ya se enuncia el principio de que la Oficina de Servicios Generales de Norteamérica (en Nueva York) se debería convertir un día en el centro de servicio más antiguo de entre las varias oficinas nacionales y de zona establecidas por todo el mundo. Esta insinuación ya nos ha sido de gran valor para fomentar los esfuerzos de A.A. en el extranjero, porque ha desvanecido la idea de que los servicios generales en Nueva York dominarían el mundo de A.A.
»No obstante, es probable que la Conferencia de Norteamérica quiera participar en una Conferencia de Servicio Mundial, a la cual delegados acreditados serán enviados por oficinas nacionales y de zona de todas partes del mundo.
»No cabe duda de que se acerca la época en que será cada vez más necesario establecer estructuras de servicio en muchas partes del mundo —oficinas y juntas parecidas a las que ya existen en algunos países y que se van desarrollando en otros—.
»Hay muchos problemas de crecimiento y relaciones que exigen un intercambio de experiencias a nivel internacional. Los problemas de relaciones públicas, anonimato, automantenimiento, así como relaciones con la medicina y la religión, se sienten gravemente en los países en donde existe A.A. Además, el intercambio de experiencias y prácticas puede resolver de una manera óptima el problema de publicar y distribuir la literatura de A.A.
»Para empezar, proponemos que en el otoño de 1969, durante tres días se celebre una Reunión de Servicio Mundial —no una conferencia, ya que no representaría al mundo de A.A. en su totalidad—.
»Consideramos la posibilidad de efectuar esta reunión en Nueva York, para que los delegados puedan beneficiarse de la experiencia de los miembros del personal y tener la oportunidad de ver el manejo de una oficina con 30 años de existencia. A la reunión asistirán delegados de países en donde la población de A.A. ya es bastante grande y los problemas de crecimiento ya se han presentado. Es probable que menos de 15 países y/o zonas tomen parte en la Primera Reunión de Servicio Mundial.
»Dos delegados podrían asistir por cada país o zona. Uno debe ser el director principal de servicios de A.A.; el otro puede ser, por ejemplo, el coordinador de la junta o comité de servicios, y puede ser miembro de A.A. o una persona no alcohólica.
»Ambos delegados deben tener un conocimiento básico del inglés. Será necesario conducir la reunión en inglés, ya que no se pueden costear los gastos de traducción simultánea. No obstante, tendríamos intérpretes durante las entrevistas.
»La Primera Reunión de Servicio Mundial sería financiada por las contribuciones voluntarias de los países participantes (de fuentes de A.A. solamente), y cada país contribuiría a una tesorería mundial de acuerdo con su condición económica.
»¿Les sería posible tomar este programa en consideración lo más pronto posible y contestar a las siguientes preguntas?
»1. ¿Les parece este programa una buena idea?
»2. ¿Pueden ›elegir‹ a dos delegados que realmente representen a los grupos en su país o zona?
»3. ¿Con cuánto dinero puede su país contribuir a la tesorería de la reunión mundial?
»4. Además de lo anterior, solicitaríamos a cada país contribuir con los primeros $200.00 dólares de gastos ocasionados por cada delegado. ¿Consideraría práctica esta medida su grupo?
»Si es posible, les agradeceríamos responder antes del 15 de diciembre. Cuando tengamos sus respuestas —y si nuestra idea es aprobada por la gran mayoría— presentaremos el programa a la Conferencia Norteamericana, pidiendo que se apruebe la asistencia de dos delegados y una contribución para cubrir los gastos de la reunión.
»Siento que comienza un crecimiento maravilloso de A.A. en el mundo entero, incluso al pensar en unos veinte o más de nosotros reunidos, cara a cara, hablando de la gran visión de las oficinas de servicios generales establecidas en todas partes del mundo.«
Les saluda atentamente,
Bill W.
(Cofundador de A.A.)
Las ideas que Bill presentó fueron aprobadas con gran entusiasmo por los países interesados, la Junta de Custodios en Nueva York, y los delegados de la Conferencia de Servicios Generales de 1968 (de EE.UU. y Canadá).
Bill leyó el siguiente comunicado a la Junta de Servicios Generales en su reunión de enero de 1968:
»En nombre de la Conferencia de Servicios Generales Norteamericana, los custodios de la Junta de Servicios Generales de A.A., y los miembros del personal de la Oficina de Servicios Generales de Nueva York, quisiéramos presentar la que es, a mi parecer, nuestra posición sobre la cuestión del establecimiento de más servicios generales en países extranjeros y sugerir los pasos que se pueden dar para consolidar el trabajo de servicio general que ya se realiza en el extranjero, para aumentar la cantidad de centros de este tipo en países extranjeros, y para darles un plan metódico de desarrollo que se pueda adaptar a las varias necesidades de los muchos países que se vean implicados, de una u otra forma, en estas actividades.
»Primero, quisiera señalar la distinción entre los servicios locales y los servicios generales o mundiales. Aunque A.A. es una sociedad que no tiene ni una estructura inflexible ni un reglamento rígido, nos damos cuenta de que los servicios de A.A., organizados y propiamente administrados, son esenciales para asegurar que funcionen bien los grupos, las áreas locales y A.A. en su totalidad. Es la única manera en que podemos llevar nuestro mensaje al alcohólico que aún sufre. Por lo tanto, nuestros grupos comúnmente nombran comités, cuyos miembros sirven por rotación, y en los centros metropolitanos más grandes, elegimos comités locales o centrales, que se encargan de responder, en sus oficinas o por medio de servicios de contestación telefónica, a los que piden ayuda, apadrinándolos, aconsejándoles sobre la hospitalización, etc. Estos trabajos los hacemos con el objeto de responder únicamente a las necesidades locales y a los problemas de área. La mayoría de los miembros de A.A. están familiarizados con estas actividades, y se dan cuenta perfectamente de que son necesarias; muchos miembros siguen creyendo que A.A., para funcionar eficazmente, no necesita más que de los servicios de grupo y de intergrupo. Pero no es verdad.
»Ya en 1938 se reconoció que A.A. tendría que establecer una entidad directora a nivel internacional, y que dicha entidad tendría que crear aquellos servicios fundamentales que no se debían suministrar en la localidad de una manera casual. Si no hubiéramos hecho esto, la Comunidad de A.A. se habría hundido, sin duda, en un cisma, si no en la anarquía. Obstaculizado así, nuestro mensaje nunca habría podido llevarse a ninguna parte. La mayoría de nuestros miembros actuales bebería todavía, o estarían muertos.
»El primer paso fue crear una junta administradora que se llama, hoy en día, la Junta de Servicios Generales de A.A. Trabajando conjuntamente conmigo y con el Dr. Bob, esta entidad comenzó a suministrar los servicios vivificantes, beneficiosos para A.A. en su totalidad, y para aquellos innumerables alcohólicos que aún sufrían y que no sabían nada de nosotros.
»Nuestro próximo paso fue empezar a preparar una literatura uniforme. Con este fin, logramos publicar, en 1939, el libro Alcohólicos Anónimos. Este volumen y los demás libros y muchos folletos que se han escrito desde entonces pusieron a A.A. a disposición de la gente en todas las partes del mundo. Por consiguiente, no se podía desvirtuar el mensaje de A.A. Emprendimos así nuestro primer intento para asegurar la unidad de A.A. y la eficacia de sus operaciones.
»En 1940 abrimos una oficina pequeña en Nueva York. Originalmente sólo dos personas —una secretaria y yo— servimos como oficinistas. Muy pronto nos llegaron peticiones de información, a las cuales empezamos a responder. Escribimos a cada persona que nos envió una carta y, cuando fue posible, dirigimos a los que buscaban ayuda a los pocos grupos que en aquel tiempo existían. Incluso en aquellos primeros días, se comenzó a dar publicidad a nivel nacional. No podíamos dejar esta comunicación de valor inestimable en manos de cualquier alcohólico que quisiera agarrar un micrófono o publicar su nombre en la prensa precipitadamente. En 1941, con mucho cuidado arreglamos que se publicara el famoso artículo del Saturday Evening Post; como respuesta a esta publicación, nuestra oficina fue inundada con 6,000 súplicas desesperadas de ayuda. Algunas nos llegaron de países extranjeros. Así fue el comienzo de nuestro servicio de información pública; desde entonces sus experiencias valiosas han sido transmitidas a las cinco partes del mundo.
»En aquella época, nuevos grupos de A.A. brotaban por centenares. La mayoría de ellos pronto se encontraron con graves problemas —principalmente los problemas de miembros de A.A. que intentaban vivir y trabajar juntos en armonía—. Manteníamos una correspondencia consultiva con una creciente cantidad de grupos. A muchos de aquellos grupos les comunicamos las experiencias venturosas de grupos más antiguos. Así evitamos un desastre. Hoy en día, los grupos en todas partes del mundo pueden aprovecharse de esta actividad importante, que ahora se llama ›relaciones de grupos‹.
»En 1945, las lecciones de esta abundancia de experiencia de grupos fueron recopiladas en las ›Doce Tradiciones‹ de A.A. —las guías de suma importancia en que se fundamenta nuestra unidad extraordinaria—. Nuestros custodios se hicieron vigilantes de las mismas Tradiciones. La sede central en Nueva York instó a todos los miembros a que las aceptaran y adoptaran, explicando los peligros que representaba una desviación de ellas.
»Muchos otros servicios fueron creados para responder a necesidades específicas, por ejemplo: guías para los trabajos en hospitales psiquiátricos, cárceles y miembros solitarios. En 1944, nuestra revista de carácter nacional e internacional, ›The Grapevine‹, de A.A. empezó a publicarse.
»Los ejemplos anteriormente mencionados —y se pueden citar otros muchos— hacen destacar la necesidad de prestar servicios generales globales. Sin duda, se puede atribuir el crecimiento de A.A. y su armonía, en gran parte, a la administración de estos servicios esenciales, durante 30 años, por medio de nuestra oficina de Nueva York.
»Hasta 1951, la supervisión del servicio mundial en Nueva York, era la responsabilidad de nuestra junta de custodios, del personal de la oficina central y mía; nombrados por nosotros mismos, nos encargábamos de esta actividades.
»Aunque los grupos en los EE.UU. y el Canadá habían costeado los gastos de nuestra operación, no tenían ni voz ni voto en la dirección de nuestros asuntos en el exterior. Al efectuarse la Conferencia de Servicios Generales Norteamericana en 1951, la situación cambió. En este momento histórico, los custodios y yo nos hicimos responsables ante un cuerpo de delegados elegidos por los estados y provincias. Nuestros servicios generales fueron vinculados firmemente a A.A.
»También se inició otro cambio importante. El Dr. Bob había fallecido. Yo era el único cofundador sobreviviente. La pregunta se planteó: ›¿Quién asumiría mis responsabilidades?‹ Había desempeñado dos funciones. Junto con el Dr. Bob, había servido como símbolo del aspecto espiritual de A.A. Por supuesto, no se podría delegar esta función a ningún individuo o junta. En gran parte, ya se había transmitido a una multitud de miembros de A.A., quienes, por el ejemplo personal que daban de desarrollo y devoción, se habían convertido en modelos inspiradores de un liderato constructivo y espiritual.
»Fue evidente que ningún individuo nos podría reemplazar —es decir, en el sentido espiritual, al Dr. Bob y a mí—. Por lo tanto, el problema de ›sucesión espiritual‹ ya se había resuelto —la Comunidad de A.A. instintivamente había seguido el camino justo—.
»Sin embargo, en cuanto a las responsabilidades que tenía como director de servicio mundial, todavía tenía que abordar los problemas. Finalmente, me di cuenta de que yo tenía que transmitir deliberadamente esta función —no a una persona, sino a muchas personas. Tenía que delegar el cargo de director de servicio mundial a los custodios de nuestra Junta de Servicios Generales. Ellos tendrían que convertirse en los custodios mundiales del servicio de A.A. en la Oficina de Servicios Generales; tendrían que estar al frente de esta organización mundial. No había otro recurso.
»En la oficina no podía seguir sirviendo como el ›Sr. Literatura‹, el ›Sr. Información Pública‹, etc. Tendría que despedirme de mi trabajo como gerente de las oficinas centrales de A.A. Desde 1950, me he limitado al cumplimiento de algunos trabajitos en la oficina. Todas mis responsabilidades como director de servicios han sido transmitidas; el servicio mundial ahora vuela con sus propias alas. Afortunadamente, no me había quedado más tiempo del conveniente.
»Sin embargo, todavía es necesario que se desarrolle otro aspecto de nuestra estructura de servicio mundial. Tenemos que establecer otros centros de servicio mundial; además de los que han empezado a formarse en los últimos años.
»Hace mucho tiempo, nos dimos cuenta de que la oficina de Nueva York no podría prestar para siempre todos los servicios generales a todos los países de A.A. El por qué es fácil de entender: nuestra estructura centralizada se perjudicaría.
1. La centralización, si no se refrenara, tendría como resultado la creación de una ›capital‹ mundial de A.A. en Nueva York. Una centralización así, sin límite, no sería prudente, desde un punto de vista psicológico.
2. Excluiría la posibilidad de crear una dirección eficaz en el extranjero.
3. Otros países serían privados de la responsabilidad saludable de manejar sus propios servicios generales.
4. Desde un punto de vista administrativo, más centralización en Nueva York sería una inconveniencia. Por ejemplo, ¿cómo podría la oficina de Nueva York manejar y dirigir las relaciones públicas en Europa o Australia? Podemos seguir dándoles consejo si lo piden, pero nunca podríamos prestar servicios en países extranjeros, como hacemos en la región norteamericana.
5. Llegaría a ser difícil o imposible financiar una operación centralizada en Nueva York. Incluso ahora, aproximadamente el 15% de nuestro presupuesto para los servicios está destinado a las actividades de grupos en el extranjero. Solamente una pequeña parte de estos gastos se pagan con las contribuciones recibidas de países extranjeros; los grupos en los EE.UU. y el Canadá cubren la mayor parte.
»Es posible que algún día la población de A.A. en el extranjero exceda a la de Norteamérica. ¿Y entonces qué? ¿Estarían de acuerdo los grupos extranjeros —que no tienen ninguna representación en la Conferencia Norteamericana— en financiar las actividades de la O.S.G. en Nueva York en gran escala, sin poder decir nada respecto a la disposición de sus contribuciones?
»Afortunadamente, nos hemos dado cuenta de estos posibles problemas. Nuestro Manual del Tercer Legado de servicio y los Estatutos que contiene, aclaran que los EE.UU. y el Canadá —›la sección norteamericana‹— constituyen solamente una parte de la estructura eventual de servicio mundial. Esto quiere decir que, a tiempo, y de acuerdo con consideraciones de geografía, lenguaje y necesidades actuales, otros centros pueden ser creados para servicios en general.
»En esta coyuntura, se pueden hacer dos preguntas: 1) ¿Quisiera Nueva York excluirse totalmente de los servicios en el exterior? 2) ¿Debe cada país en el mundo entero mantener una oficina de servicios generales, con muchos gastos, con el solo propósito de copiar la oficina norteamericana?
»A la primera pregunta, respondemos: ›no‹. Solamente quisiéramos transferir, poco a poco, aquella parte de neustra responsabilidad en el servicio extranjero que sea posible. La Oficina de Servicios Generales en Nueva York seguiría compartiendo su experiencia con los centros nuevos; pero al mismo tiempo transferiríamos, lo más que pudiéramos, nuestros poderes administrativos a los nuevos centros de servicio en el extranjero.
»A la segunda pregunta, también respondemos: ›no‹. No creemos que los países que tienen una población pequeña de miembros de A.A. deban administrar por sí mismos todos los servicios de A.A. Por ejemplo, algunos países podrían trabajar juntos para establecer una oficina común de servicios generales. Puede que muchos países nunca necesiten más que un comité de servicios generales. Como de costumbre, los miembros de dicho comité servirían por rotación; serían nombrados por representantes de los grupos en las convenciones nacionales anuales. Sin duda, lo mejor sería elegir este comité según el ›método del Tercer Legado‹. Se podría autorizar a este comité encargarse de los asuntos de interés general y actuar de enlace con los demás centros de servicios generales.
»Esta modesta misión establecería en cada país interesado una organización rotativa nacional, e inclusive los miembros estarían mejor informados sobre los servicios de A.A. Así podrían prepararse para asumir las responsabilidades más grandes, de presentarse éstas más adelante. Un comienzo igual que éste se podría iniciar inmediatamente en muchos otros países de población pequeña, lo cual no costaría mucho. De esta manera, la evolución de un servicio ordenado sería creada.
»Naturalmente, en Nueva York estamos completamente dispuestos a animar y ayudar a los centros de servicios generales y de literatura ya existentes o que se planean en un futuro próximo —como lo hemos hecho desde hace algunos años—.«
»Aquí en Nueva York opinamos que una conferencia, compuesta de delegados extranjeros, elegidos por primera vez en aquellos países que tienen una población grande de A.A., debe convocarse para reunirse aquí con nosotros en el otoño de 1969. El propósito de la conferencia sería considerar, en todo aspecto, la evolución futura del servicio mundial. Como ensayo, hemos conducido una encuesta, con el fin de determinar la conveniencia de un proyecto exploratorio de este tipo; la idea ha sido acogida con mucho entusiasmo por los países en el extranjero.
»Antes de convocar esta conferencia, tenemos que obtener la aprobación oficial de nuestra Junta de Servicios Generales en su reunión de enero de 1968, y la de la Conferencia de Servicios Generales Norteamericana, en abril de 1968. Tengo la esperanza de que nos autoricen a efectuar esta asamblea y de que se asignen fondos adecuados para cubrir el costo de nuestra contribución en los gastos.«
La propuesta fue aprobada entusiasticamente por los custodios y por los delegados a la Conferencia de EE.UU. y Canadá de 1968.

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Nota : Esta información ha sido obtenida directamente de la Gran Reunion de la Americas http://www.redelaweb.org/

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